Imperio Asirio (II)

El restablecimiento de la autoridad central del monarca será tarea de Shamshiadad V (823-811). Ya no habrá grandes alteraciones en la política de los siguientes monarcas hasta que acceda al trono, en circunstancias agitadas, Tiglatpileser III (744-727). Pero con este rey se producen inmediatos cambios políticos. En primer lugar, acaba con la estructura política fundamentada tradicionalmente en su control por unas pocas familias aristocráticas, que ocasionaban conflictos en función de sus apoyos al monarca. Como alternativa, consolida una monarquía despótica basada en un fiel funcionariado, que florece así como estamento social privilegiado. En segundo lugar, cambia la política imperialista basada en la percepción de tributos por la anexión territorial de los estados sometidos, especialmente en la zona de Siria. Para ello se ve obligado a transformar profundamente el ejército potenciando los contingentes de caballería. Las campañas contra Media y Urartu, zonas proveedoras de caballos, se explican, pues, por las renovadas necesidades militares.

La nueva relación del Estado central con las áreas periféricas, facilita la transmisión de la corona, pues el antiguo sistema prácticamente obligaba a la contestación de la autoridad central por parte de los dinastas locales cada vez que se producía la muerte de un monarca. La integración de los territorios conquistados como provincias del Imperio mitigaba considerablemente las fuerzas centrífugas, aunque al mismo tiempo introducía nuevos elementos que dinamizan las contradicciones internas del sistema. Entre ellos destaca, naturalmente, la política de deportaciones, que tiene como finalidad la disminución de la capacidad de acción nacionalista a través de la interrupción de los lazos sociales entre los grupos dominantes y sus sectores clientelares. Por otra parte, esta política contribuye a una eficaz explotación de la tierra, pues permite buscar el mayor equilibrio entre volumen demográfico y capacidad productiva del suelo. Sin embargo, la contrapartida no es desestimable por el malestar social que generan los desplazamientos masivos y obligados.

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Por otra parte, las relaciones con Babilonia habían sido tradicionalmente hostiles y permanente la intervención en los asuntos internos. El propio Shamshiadad V había tomado Babilonia pero habitualmente los monarcas asirios se conformaban con instalar un rey que les fuera favorable. Siguiendo su política de imperialismo territorial, Tiglatpileser III se hace nombrar rey de Babilonia en 723, con el nombre de Pulu. La contestación interna fue tremenda, pero la unidad de los dos reinos bajo un solo monarca se prolongará hasta el reinado de Salmanasar V (726-722), cuya campaña mas destacada será la toma de Samarra, indicando así la necesidad de control del territorio palestino para garantizar todo el flujo comercial del Próximo Oriente hacia Asiria. Son los primeros síntomas del contacto inevitable con Egipto, para cortar el circuito económico próximo oriental, que culminará con su anexión. No obstante, los recursos del estado parecen debilitarse, según se desprende de la derogación de la exención tributaria de las ciudades santas. Tal vez por ello fuera asesinado.

Un usurpador será el heredero. Se trata de Sargón II (721-705), uno de los más tremendos monarcas neoasirios, con el que se recrudece la actividad militar, pues amplias zonas habían aprovechado la crisis sucesoria. Siria, el Zagros y Urartu son sus principales focos de atención. La victoria en 714 sobre Rusa de Urartu marcará el definitivo declive del reino anatolio. Después le siguen innúmeras campañas por Siria y Palestina, con las que se pretende la culminación imaginaria del Imperio Universal, en un proceso de emulación de su homónimo acadio.

A continuación, tres monarcas, Senaquerib (704-681), Asarhadón (680-669) y Assurbanipal (668-629) ocupan el trono continuando la obra de su predecesor, síntoma de la solidez del imperio legado por Sargón II. Del reinado de Senaquerib destaca la toma de Babilonia (690) tras un prolongado enfrentamiento. La ciudad es arrasada, lo que dejará un histórico resentimiento antiasirio en Babilonia. A su muerte se desata una guerra civil, en la que se impone Asarhadón, el primer monarca que toma el Delta del Nilo, pero su empresa es inútil. Su sucesor llega incluso a tomar Menfis y, casi en el extremo opuesto conocido, Susa. De este modo, el Imperio Neoasirio alcanza a su máxima expansión. Pero no sólo desde el punto de vista territorial, sino también en otros ámbitos. Nunca antes Asiria había tenido un volumen demográfico similar, pero es cierto que la distribución de la población era muy irregular. Las ciudades contenían el porcentaje más amplio, con los problemas de abastecimiento que ello acarreaba. El campo estaba desigualmente habitado y ya entonces había triunfado el sistema de explotación basado en campesinos dependientes, esclavos o semilibres, frente a las comunidades de aldea compuestas por ciudadanos libres. Evidentemente, la clase social propietaria había impuesto el sistema productivo que le resultaba más favorable; el aparato del Estado estaba al servicio de ese orden de cosas, al tiempo que la ideología dominante se imponía como supraestructura destinada a su justificación y pervivencia.

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La incapacidad asiria de incorporar Egipto podría ser considerada como testimonio de los problemas internos de carácter estructural. Pero el hecho cierto es que poco después de la muerte de Assurbanipal este imperio se desmorona súbitamente. Podemos intuir que los desequilibrios estructurales constituyen la causa profunda, pero no podemos articular los procesos ni sus razones. La independencia de Babilonia, alcanzada con Nabopolasar, debió de preocupar tanto en la corte faraónica que ésta decide cambiar su juego de alianzas y comienza a apoyar a Asiria, por ser en aquellas circunstancias el rival más débil. Sin embargo, Babilonia busca un aliado en Ciaxares de Media, reino que hasta entonces se había visto sometido a tributo por Asiria. Egipto controla directamente todo el corredor siriopalestinto, la renaciente Babilonia ha reducido por el sur los dominios asirios a su territorio nacional y, finalmente, Media le arrebata las tierras del noreste. Parece obvio que la eliminación de los reinos vecinos, estructurados como formaciones estatales similares al propio reino asirio, somete las fronteras del Imperio a los peligros de nuevas poblaciones que no conocen, ni respetará las reglas seculares que habían regido las relaciones internacionales en el Próximo Oriente.

La suerte estaba echada para Asiria, pues Ciaxares continúa su avance y en 614 toma la ciudad de Assur; dos anos después y tras un largo asedio cae Nínive, la capital. El último monarca asirio, Assurubalit II, accede al trono en pleno colapso en Kharran; pero ya ni el apoyo egipcio consigue que se nos esfume hacia el año 610. De este modo el reino asirio deja de existir y las potencias vencedoras, Media y Babilonia, se reparten sus antiguas posesiones. Ningún texto lamenta la suerte de Asiria.

Fuente: Artehistoria

Leer más - Enviado por kados - Comentarios(0) - 03-03-2011 21:15:00

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